Recuerdo haber estado enamorada.
Yo trabajaba todas las mañanas en una cafetería cercana a la facultad. Había decidido independizarme, así que necesitaba una ayuda económica. Estudiaba psicología, siempre me había gustado que las cosas tuviesen un orden y si no, buscárselo.
Una mañana más, como cualquier otra. Estudiantes subrayador en mano, profesores con el móvil pegado a la oreja, murmullos, y alguna pareja que otra. El sonido del calentador empezaba a ser estridente cuando sentí que alguien me llamaba. Me di la vuelta y ahí estaba. No sé porque, pero tenía algo diferente. Con el cabello revuelto, una fina barba, comúnmente conocida como barba de tres días, un cardigan marrón y verdes, unos profundos ojos verdes. Jamás había visto a nadie brillar así con tan poco, quizás solo estuve un segundo mirándole, pero para mi se había parado el tiempo. Sentí un vuelco en el corazón y no pude articular más que un tímido “Hola”. Sin más dilación pidió un zumo de piña y un croissant de chocolate. Le serví el desayuno haciendo grandes esfuerzos para no tirar nada torpemente, nunca antes había sentido ese miedo, pero me temblaban las manos.
Me sonrío, y se quedó sentado en la barra, aún habiendo mesas libres. Seguí con mi trabajo, aunque cada dos segundos no podía evitar girarme y mirarle de soslayo. Que ridícula pensé, pero lo seguía haciendo.
Cuando hubo terminado el desayuno me pidió la cuenta y se marcho con una bonita sonrisa. Blanca, pura. No pude más que rezar, sin saber hacerlo ni a quien, para que volviese mañana.
Quizás fue cuestión de suerte o que mis suplicas surgieron efecto, pero volvió a la mañana siguiente, y a la otra, y otra, y otra… Todas las mañanas volvía a por su zumo de piña y el croissant de chocolate. Pude descubrir que estudiaba Filosofía, siempre iba cargado de libros. Además supe que se llamaba Javier, y no…jamás se presentó, pero un día se dejó la carpeta. A medida que pasaban los días sus ojos se iban haciendo más profundos, o quizá era yo, que cada día me sentía más adentro de ellos. Ir cada mañana a trabajar había adquirido un sentido, pues sabía que el vendría, y me alegraría la mañana con tan sólo una de sus sonrisas.
Nunca antes había sentido esa sensación, me decían que estaba enamorada. Y también loca. “Es imposible que estés enamorada sin conocerle” me decían. Pero lo estaba, además ¿Quién sabía si lo conocía o no? Yo sentía que si. Aquella mirada, los libros de filosofía, su sonrisa, el zumo de piña.
Aquella mañana me había puesto más guapa que nunca. Algo de maquillaje pero sin resultar espesa, el pelo recogido y una bonita falda.
Estaba retocándome en el reflejo de la maquina de café cuando escuché la puerta. Era él, reconocía sus pasos tímidos acercándose a la barra. Me giré con la mejor de mis sonrisas, pero cual fue mi sorpresa al ver que se había cortado el pelo, además se había afeitado, y vestía camisa. Que extraño pensé, y volví a sentir un vuelco en el corazón. Entonces no sacó sus libros de filosofía, sino un novísimo mp4. Sus ojos cada vez me parecían más distantes ¿Qué estaba pasando? Por fin se decidió a abrir la boca para pedir su desayuno. Recé mil veces en dos segundos, que volviese a pedir su zumo de piña y un croissant de chocolate. Pero no fue así, sentí aquellas palabras como un pinchazo en el oído pero más profundas en el corazón: “un café solo y una magdalena”. Ya está, se había enamorado. Sólo una mujer podía cambiarte de esa forma. ¿O tal vez un chico?
Por primera vez en todo aquel tiempo sentí que no le conocía, ni siquiera sabía si le gustaban las chicas o los chicos, si prefería la música a la filosofía, las camisas a los cardigans, el olor del café al sabor del zumo de piña. Ya no era Javier, el chico del zumo de piña y el croissant de chocolate. Era otro, otro a quien le gustaba el café y las magdalenas, otro que se podría haber llamado Luís, Víctor o Miguel. Otro como cualquiera. Uno que se había enamorado, y sin embargo yo ya no lo estaba. Sorprendentemente su sonrisa ya no me producía nada y sus ojos, aquellos profundos ojos verdes, ya no eran suyos y menos míos. Brillaban con fuerza, pero no con la fuerza que yo había vivido o quizás inventando.
Y así me desenamoré. Absorta y confundida entre el olor del café.

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