lunes, 7 de diciembre de 2009

El olor del café

Recuerdo haber estado enamorada.

Yo trabajaba todas las mañanas en una cafetería cercana a la facultad. Había decidido independizarme, así que necesitaba una ayuda económica. Estudiaba psicología, siempre me había gustado que las cosas tuviesen un orden y si no, buscárselo.

Una mañana más, como cualquier otra. Estudiantes subrayador en mano, profesores con el móvil pegado a la oreja, murmullos, y alguna pareja que otra. El sonido del calentador empezaba a ser estridente cuando sentí que alguien me llamaba. Me di la vuelta y ahí estaba. No sé porque, pero tenía algo diferente. Con el cabello revuelto, una fina barba, comúnmente conocida como barba de tres días, un cardigan marrón y verdes, unos profundos ojos verdes. Jamás había visto a nadie brillar así con tan poco, quizás solo estuve un segundo mirándole, pero para mi se había parado el tiempo. Sentí un vuelco en el corazón y no pude articular más que un tímido “Hola”. Sin más dilación pidió un zumo de piña y un croissant de chocolate. Le serví el desayuno haciendo grandes esfuerzos para no tirar nada torpemente, nunca antes había sentido ese miedo, pero me temblaban las manos.

Me sonrío, y se quedó sentado en la barra, aún habiendo mesas libres. Seguí con mi trabajo, aunque cada dos segundos no podía evitar girarme y mirarle de soslayo. Que ridícula pensé, pero lo seguía haciendo.

Cuando hubo terminado el desayuno me pidió la cuenta y se marcho con una bonita sonrisa. Blanca, pura. No pude más que rezar, sin saber hacerlo ni a quien, para que volviese mañana.

Quizás fue cuestión de suerte o que mis suplicas surgieron efecto, pero volvió a la mañana siguiente, y a la otra, y otra, y otra… Todas las mañanas volvía a por su zumo de piña y el croissant de chocolate. Pude descubrir que estudiaba Filosofía, siempre iba cargado de libros. Además supe que se llamaba Javier, y no…jamás se presentó, pero un día se dejó la carpeta. A medida que pasaban los días sus ojos se iban haciendo más profundos, o quizá era yo, que cada día me sentía más adentro de ellos. Ir cada mañana a trabajar había adquirido un sentido, pues sabía que el vendría, y me alegraría la mañana con tan sólo una de sus sonrisas.

Nunca antes había sentido esa sensación, me decían que estaba enamorada. Y también loca. “Es imposible que estés enamorada sin conocerle” me decían. Pero lo estaba, además ¿Quién sabía si lo conocía o no? Yo sentía que si. Aquella mirada, los libros de filosofía, su sonrisa, el zumo de piña.



Aquella mañana me había puesto más guapa que nunca. Algo de maquillaje pero sin resultar espesa, el pelo recogido y una bonita falda.

Estaba retocándome en el reflejo de la maquina de café cuando escuché la puerta. Era él, reconocía sus pasos tímidos acercándose a la barra. Me giré con la mejor de mis sonrisas, pero cual fue mi sorpresa al ver que se había cortado el pelo, además se había afeitado, y vestía camisa. Que extraño pensé, y volví a sentir un vuelco en el corazón. Entonces no sacó sus libros de filosofía, sino un novísimo mp4. Sus ojos cada vez me parecían más distantes ¿Qué estaba pasando? Por fin se decidió a abrir la boca para pedir su desayuno. Recé mil veces en dos segundos, que volviese a pedir su zumo de piña y un croissant de chocolate. Pero no fue así, sentí aquellas palabras como un pinchazo en el oído pero más profundas en el corazón: “un café solo y una magdalena”. Ya está, se había enamorado. Sólo una mujer podía cambiarte de esa forma. ¿O tal vez un chico?

Por primera vez en todo aquel tiempo sentí que no le conocía, ni siquiera sabía si le gustaban las chicas o los chicos, si prefería la música a la filosofía, las camisas a los cardigans, el olor del café al sabor del zumo de piña. Ya no era Javier, el chico del zumo de piña y el croissant de chocolate. Era otro, otro a quien le gustaba el café y las magdalenas, otro que se podría haber llamado Luís, Víctor o Miguel. Otro como cualquiera. Uno que se había enamorado, y sin embargo yo ya no lo estaba. Sorprendentemente su sonrisa ya no me producía nada y sus ojos, aquellos profundos ojos verdes, ya no eran suyos y menos míos. Brillaban con fuerza, pero no con la fuerza que yo había vivido o quizás inventando.

Y así me desenamoré. Absorta y confundida entre el olor del café.

martes, 1 de diciembre de 2009

Anatomía de un domingo disfrazado de lunes

Las dudas han enmarcado el sentido de la vida. Siempre. Nací siendo una duda y así crezco. En medio de la duda fuí un error. Y aún me pregunto si mi vida consta sólo de ellos. Errar, dudar y caer. Una coreografía monótona que me hace gritar por dentro. Ni siquiera sé que decir, es más, no sé lo que escribo, pero escribo. Para intentar desgarrarme el alma y airear mis verdaderos pensamientos. Con el único objetivo de matar las dudas y el sustantivo "nada".

Joder, que putada sentir que todo sigue igual. Me siento tan pequeño como antaño, y no...no estoy hablando de estaturas. Ridículo como todo a mi alrededor y sobretodo, como en mi interior. Entristecerme viviendo el reflejo de una historia que no me pertenece. Dudando si mi vida es mía. Ves, otra vez las putas dudas. Y si, digo putas, para sentirme libre. Porque como cuando tenías 13 años los insultos te hacían grande, también fumar, pero nunca he sido amigo de la nicotina. Grande. No quiero sentirme grande. Quiero sentirme feliz. Que coño sentirme, quiero SER feliz. Quiero levantarme por las mañanas siéndolo, no estando bien. Que estar bien no es bueno. Es...insustancial. Como si en una ensalada te olvidas el vinagre.

Agrías. Así siento las lágrimas que se me retienen en los ojos. No sé el porque (era de esperar) pero constantemente siento la necesidad y las ganas de explotar en humedad.

Cuanto desbarajuste. Irme, quedarme. Ya no es sólo eso, en verdad, no sé lo que es. Nunca lo he sabido y no creo que este sea el momento. Pero necesito cambiar de sensación. Llevo mucho tiempo cansándome de seguir igual, pero no puedo hacer nada para evitarlo. Repito que a veces no me siento dueño de mi vida. Quizás mi única propiedad son las dudas. Las putas dudas.

Todo esto era ayer, cuando un domingo se disfrazaba de lunes. Pero hoy es martes, casi miércoles. Y los disfraces los dejamos para carnaval. Así que en este martes, vestido de martes, al mirar la luna reflejada en el homónimo de mi Renault Clio, no he podido pensar en otra cosa que en las miles de historias fantaseadas, surrealistas, no alcanzadas. En los nombres inventados. Y en todos los sueños rotos y otros no tan rotos que he ido arrastrando.


Empieza un nuevo mes, el último de este año que prometía ser especial. Será que lo normal, lo insustancial, ahora es especial.

domingo, 4 de octubre de 2009

La vida de Marcos.

Aún no puedo creermelo. ¿Cómo lo he hecho? o es más... ¿Por qué? Como tantas veces hace algunos meses he vuelto a buscarlo, pero esta vez en un lugar diferente. Buscando lo que antaño buscaba. Lo que me faltaba. El sentirse deseado. Sexo. Nada más. Esta vez no ha sido diferente, bueno...¿para que engañarme? sí lo ha sido. Por primera vez la proposición ha sido aún más indecente.

Asustado como estaba decidí seguirlo. En mi cabeza no paraba de resonar: "¿Por qué lo haces? No lo necesitas. Sal corriendo, corre!" Pero era inútil, cuanto más miedo tenía más rápido avanzaba. Y una vez más, la conciéncia acababa padeciendo de afonía. Silencio. Sólo calor.
Sigo sin comprender el por qué. Los 30 euros más sucios de toda mi vida. Repito. Mi corta vida. A mi adolescencia había recibido 30 euros por una maldita felación y cuatro besos. "Bravo, eres un puto chapero".

Con la faena acabada no pude más que huir. Acelerar todo lo posible. Notaba el cansancio en mis piernas pero no podía disminuir la marcha. Tenía que dejar aquello allí atrás. "Yo no era así. No soy así. Me niego a serlo. Debo estar volviéndome loco." Por más que corría aquel sucio dinero seguía estando en mi bolsillo.

No puedo más que mirar a la gente que pasea tranquila por la calle. Deambulan tranquilos. Sin saber que aquello que pasa por su lado acaba de prostituirse. Me miran. Noto como si sus ojos se clavaran más allá de los míos, en el alma, juzgándome y sobretodo intentando encontrar en ellos algo de culpa. Eso que no existía. Aún no sé si me arrepiento. No he tenido de tiempo de pararme a pensarlo.

Me paro en un semáforo en rojo. No quiero morir atropellado. "Mierda, llevo la cremallera abierta". Supongo que inconscientemente la he dejado así. Para ventilar mis culpas, y con un poco de suerte, perder aquella zona que tantos disgustos me traía. La maldita zona del deseo.
Por fin a salvo, esperando el autobús. Cuánto tráfico, claro..es Viernes. Estoy cansado, muy cansado. Me agacho respaldado en un árbol. Desde allí abajo todo se magnifica. Y es entonces cuando entre las luces de los coches y la música del mp4 aparece él. Como antaño. Que lejos ha quedado "lo nuestro". Cuantos recuerdos, cuantas veces había pensado en él en este mismo lugar, y ahora...prácticamente no existe. ¿Dónde han quedado todos aquellos sentimientos? ¿Y las sensaciones? Supongo que los ahogué en un intento de ser fuerte.

Involuntariamente miro al cielo. Una estrella. Sólo una en el infinito cielo de esta ciudad. No puedo más que hacerla mía. Pues nos parecemos. Los dos estamos solos en medio de un titánico lugar, plagado de elementos gemelos que hoy no quieren salir. Entonces, algo así como un destello aparece en mi mejilla. Todo se inunda. ¿Será por fin la culpa?
Llega el autobús. Se ha acabado. No lo volveré a hacer, lo prometo. ¿A quién? A mi.

Sólo necesito esa casualidad, la de mi vida. La más grande. Y entonces ilusionarme con la tontería más grande del mundo.

Solamente puedo decir: Ojalá!


Marcos.

martes, 8 de septiembre de 2009

"Fuera de servicio"

Cuántas veces he oido aquello de: "en esta vida de todo se aprende". De lo bueno y de lo malo, pero sobretodo de esto segundo. Si seguimos esta regla al dedillo ( contando con que a los seres humanos nos encanta inventarnos reglas para después saltarnoslas ) deberiamos desear que nos suciediesen cosas malas, de esta forma aprenderiamos mucho en esta vida y conseguiriamos métodos con los que enfrentarnos mejor al día a día.
De bebé te caiste y aprendiste a tener equilibrio. Más tarde, aprendiste a frenar lentamente con la bicicleta, a estudiar seriamente, a no meterte con los que son más fuertes que tu. Aprendiste a tenerle miedo a la vida, y sobretodo, a tenertelo a ti. Las cosas malas pasan por algo, y no por eso hemos de aprender algo. Lo de que somos seres racionales es sólo la teoria de algo que pocas veces se lleva a la práctica. Actuamos por impulsos, por sentimientos. Y si de los errores se aprendiese...nadie habría tenido que inventar lo de que: "el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra". Tropezar, levantarse, tropezar, levantarse. Eso es la vida. Un circulo. Todo está compuesto por circulos. Nacemos niños y morimos como niños. Nos enamoramos, sufrimos y nos volvemos a enamorar. Y de nada sirve lo vivido anteriormente, tienes vendando el corazón y los ojos, así que volverias a caer en la misma piedra una y otra vez, posiblemente sin dudarlo.
Soy culpable! He vuelto a caer. Y quien no, que tire la primera piedra. ¿Cuántas veces me habrá pasado?¿Cuántas habré dicho: NUNCA MÁS? Mentira. Sólo intentamos consolarnos, autojustificar nuestro dolor, nuestra pena. Pura hipocresia. Pura inocencia en algunos casos. En la vida ( y en el amor ) como en la guerra, unas veces se gana y otras se pierde. El único consuelo que nos queda es volver a seguir. Así sin más.
¿Sabes? Te juro que lo intento, y sigo. Ahora mismo lo estoy haciendo muy bien. Tengo el corazón en un estado el cual podria denominar: "fuera de servicio". Vacío. No molesta, así no. Ni duele, ni llora, sólo late...eso si, por pura inercia. Como la inercia de pensar en ti. O quizá la inercia de saber que siempre estarás ahí, que siempre te consideraré lo perfecto ( aún sabiendo como odio ese adjetivo ), pero que no serás más que un segundo plao, un personaje secundario de esta mi história, jamás serás protagonista. Y es probable, que nunca lo fuiste. Ahí queda. Sin más un trozo de esta masa roja latiente, que cierra sus puertas hasta nuevo aviso.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Empezando con un sin fin de etcétera.

Dormir con la ventana abierta, amanecer con los pies bañados en sol y escuchar algún pajaro piar. Caprichos matutinos. Desayunar solo, escuchándo la televisión, oir histórias sin interés alguno en las cuales sin saber como, te acabas metiendo. Salir corriendo y cojer un autobús. Huele a rutina, una rutina que sin darte cuenta te ha acabado gustando. Rutina, placer. Dos motes totalmente antónimos que han acabado conviviendo en una homonimia sorpredente. Escuchar las historias de la gente, esas personas que ves día tras día, no las conoces, pero sin un por qué, ya formas parte de sus vidas. Y ellos, de la tuya.
La ciudad. Me encantaba verla desde lo alto, sentirme insignificante sobre la inmensidad de todo aquello. Pasear sus calles. Mirar al cielo. Estamos acostumbrados a no subir la vista más allá de nuestras cabezas, cuántas cosas nos perdemos... adoro caminar mirando al cielo, a lo alto. Siempre aspirando a más. Aún atrapado aqui. En este impulso extraño llamado fuerza de la gravedad.
Mirar en foto, esa forma distinta de observar. El verano, y las luces de Navidad. Cantar por la calle, y sonreír donde sea y de lo que sea. Reir, siempre me ha gustado. Imitar, una de mis facetas, me pasaria la vida haciendo el payaso. No hay mayor gratificación que ver como alguien es feliz gracias a ti. Tantas cosas, tantos yo.
Esto no es más que el 0.01% de todo lo que soy. Una pequeña parte de mi. De ese 50% que he conocido. Quien diga que se conoce plenamente, MIENTE. Ni tú, ni yo. NADIE.
Me gusta la vida. Y un sin fin de etcétera.